¿Qué es una buena oportunidad de inversión?

¿Sabemos cuándo estamos ante una buena oportunidad de negocio?

Estamos ante una buena oportunidad de inversión cuando la expectativa de obtener un beneficio sustancial se basa en hipótesis creíbles y razonables. Ahora bien, el beneficio debe expresarse en términos relativos, es decir ha de medirse con relación a la inversión realizada y al tiempo necesario para su obtención.

En términos económicos la magnitud que expresa la bondad de una oportunidad de inversión es la rentabilidad. La comparación del beneficio con la inversión es una rentabilidad económica simple, que debe ser contemplada en términos de plazo de tiempo transcurrido desde que se realiza la inversión y se obtiene el beneficio.

En este caso la variable tiempo la asociamos al término “financiero” y en consecuencia la magnitud que expresa la rentabilidad económica y financiera de una inversión es la tasa interna de rentabilidad (TIR).

Teniendo presente lo indicado, todo inversor tiene a su alcance un universo de oportunidades que será mayor o menor en función de las restricciones que para éste sean relevantes, léanse: mercado, seguridad jurídica, moneda, plazo, tipo de negocio (objeto), liquidez y competidores.inversión-delicias-capital

Una vez identificadas las restricciones del sujeto inversor, las oportunidades ofrecerán unas expectativas en términos de ganancia y tiempo necesario que deberán evaluarse considerando otra variable fundamental, el riesgo percibido. Es por ello que todo inversor utiliza algún o algunos métodos para discriminar y priorizar sus “buenas oportunidades de inversión”.

Cómo valorar las oportunidades de inversión

Los métodos más usados para valorar oportunidades de inversión son el Valor Actual Neto, la Tasa Interna de Rentabilidad y el Plazo de Recuperación o Pay Back. Los dos primeros consideran las restricciones del inversor mediante la fijación de una tasa de descuento mínima, en términos de TIR, que el inversor fija en función de sus percepciones de riesgo y las oportunidades alternativas para ese nivel de riesgo percibido.

Por tanto, todo empresario que desea o está pensando en la venta de su empresa ha de considerar lo indicado: qué rentabilidad puede obtener el comprador de la empresa, cómo va a obtenerla, qué riesgos presenta la explotación del negocio principal de la empresa, que posibilidades razonables de crecimiento tiene la empresa que haga atractiva la inversión, qué competencia existe, cuáles son las tendencias del mercado donde se desarrolla la actividad y cómo puede materializar esa rentabilidad el futuro comprador.

No se ha de olvidar que el binomio rentabilidad y riesgo está directamente relacionado y por tanto a mayor rentabilidad esperada mayor riesgo asociado y viceversa.

Compra-Venta de empresas como oportunidad de negocio

En el mundo de las transacciones empresariales, léanse compra y venta de empresas, asociado a Pequeñas y Medianas Empresas (PYMES) no existe un mercado organizado que dé liquidez a la compra de empresas, más allá del Mercado Alternativo Bursátil (MAB) al que no nos estamos refiriendo.

Por tanto, no es lo mismo comprar un paquete minoritario (sin control) de acciones de una PYME que comprar un paquete de acciones que otorguen el control societario. En el segundo caso se mejora notablemente la liquidez aparente de la inversión y por tanto el interés para el comprador.

Igualmente han de considerarse como aspectos muy relevantes para hacer atractiva la compra de una empresa las opciones de crecimiento de ésta para el inversor o comprador de la empresa o de un paquete de control societario.

Estamos ante una buena oportunidad de inversión cuando ésta ofrece una rentabilidad creíble en términos económicos y financieros superior a la rentabilidad exigible por el inversor en función de su percepción de riesgo y a las rentabilidades alternativas accesibles para ese nivel de riesgo y siempre que ésta pueda monetizarse, es decir, pueda obtenerse el beneficio en términos de dinero en el horizonte temporal fijado como objetivo de la inversión.

Es lo que se conoce como un beneficio esperado de calidad, es decir, que es fácilmente comprensible, es realizable y procede de la creación de valor generada por la explotación del negocio de forma que un tercero lo pueda percibir claramente y pague por ello en tiempo y forma.